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lunes, febrero 07, 2011

Algunas reflexiones

Hoy siete de Febrero, decido subir por fin algo más al blog.
El silencio en este blog que tantas satisfacciones me ha dado, es por varios motivos. El primero la desgana por lo que a continuación narraré y por lo que hoy decido escribir nuevamente.
El segundo se refiere a que hemos tenido que trabajar mucho y aunque yo soy la que menos, también lo hago. Todos sabemos la difícil situación que se vive en el mundo y en especial en México.
La tercera y última razón, es que he dedicado más tiempo del que suelo dedicar a personas que pasan por nuestras vidas y que en muchas de las veces no dejan ni huella.
El porqué a veces uno cae en esta forma de vida, dándole tiempo a personas que son irrelevantes en la vida, creo que es por crear ruido en ésta y no pensar demasiado en los problemas reales. Incluso evitar la reflexion mirando hacia adentro de uno mismo para encontrar las verdaderas respuestas.

A mí me gusta mucho la gente y disfruto mucho conociendo gente nueva, pero eso no quita que me haga la reflexión de cuánto tiempo pierdo o mal gasto en muchas de estas personas.

¿Qué pasa hoy a mi alrededor?, pues que hay un descontento general por lo que se vive aquí en México. Pero como humanos que somos, siempre tenemos la necesidad de buscar una esperanza en que las cosas cambiarán.
¿Realmente pueden cambiar en un país en el que la descomposición en general es tanta?
Solo analizando algunos hechos desde mi punto de vista que no es el de ningún politólogo, sociólogo, psicólogo, etc., sino el de una persona observadora que gusta de analizar, buscar información y profundizar en algunos de estos problemas.
Como muchos de ustedes saben, éste año ya cumpliremos tres de haber regresado de vivir en Asia y comienzo a sentirme como que nunca pasó y que todo fue un sueño.
A partir de que nos fuimos, yo sentí que mi vida debería seguir en continuo movimiento, pero no ha podido ser así por el factor económico que nos ha detenido aquí en nuestro país por razones obvias de negocio.

Me pregunto cómo podríamos los mexicanos hacer aunque fuera un pequeño cambio en relación a la percepción que se tiene de nuestro país, gente y demás problemas incluyendo los problemas mundiales. Hoy la percepcion que se tiene de Mexico en el extranjero, es fatal, por lo que llego a la conclusión que pudiera sonar simple, de que tenemos que hacer un esfuerzo para no comentar fuera de nuestro país cosas que no hemos visto, pero si oido por alli. Los chismes que nos llegan a montones sobre crímenes, asaltos, secuestros, etc. No en cambio debemos callar la corrupción aunque la exageremos, porque es la causa de lo que vivimos y la única presión que tenemos los ciudadanos para con los políticos, religiosos y empresarios corruptos. Todos ellos socios con la mafia y todo lo que pueda generar más dinero y poder.
¿A qué me refiero con no comentar lo que sugiero antes?, pues a no asegurar que a fulanito o a fulanita, solo los balacearon porque si en una calle, en una carretera, en un restaurante, etc. y eran gente integra cuando no estamos seguros.
Queda muy claro para todos nosotros los mexicanos que si hay mucho crimen coludido con políticos, narcotraficantes, empresarios corruptos y religiosos, pero no seamos ingenuos y por una vez tratemos de ver la triste realidad que ni yo que presumo de íntegra, tengo que reconocer.
Todos en algún momento de nuestras vidas, hemos contribuido aunque sea muy poquito, a incrementar todo esto que menciono y desde luego que aunque "Todos somos culpables de todo" hay unos que SON MAS CULPABLES.
Entonces me pregunto si con nuestra actitud no encubrimos de alguna forma este tipo de situaciones o personas. Ya sea porque están en nuestro entorno y hasta son nuestros amigos y en el peor de los casos, parte de nuestras familias.

Yo lo que he observado es que normalmente cuando un incidente ocurre del tipo que matan a alguien sin aparente razón, en muchas de las veces no se nos dice exactamente todo, pero todos jugamos el juego de las mentiras, aunque unos más que otros.
Todos mentimos en algunos casos, pero algunos mienten mucho más que otros y estos son los que hacen más daño a la sociedad.
Si entre tus amigos y familia la gente cuenta solo medias verdades en general para disculparse si no quiere ir a algún lugar, o para quedar bien con todos pensando que todos somos tontos, ¿porqué no lo harían en cosas más serias? Desde luego que lo hacen porque necesitan el apoyo de los que nos encontramos a su alrededor para justificar como todo ser humano necesitamos, nuestros desaciertos.
Una frase que me gusta mucho dice así: "POBRE VERDAD, CUANTAS MENTIRAS EN TU NOMBRE" otra: "DOS MEDIAS VERDADES NO HACEN UNA VERDAD" (Multatuli)
"ES TAN DIFICIL DECIR LA VERDAD COMO OCULTARLA" (Máximo Gorki). Y la que me gusta más y aplica a lo que digo es: "¿DIJISTE MEDIA VERDAD? DIRAN QUE MIENTES DOS VECES SI DICES LA OTRA MITAD" (Antonio Machado).

Analizando desde mi punto de vista, son muchos de los eventos que suceden y la sociedad encubre o simplemente no quiere aceptar porque es más doloroso que solo echarle la culpa a los que en obviedad ya la tienen que son los poderes facticos aliados con la mafia como especifiqué arriba.
Pues resulta que en estos años que llevo nuevamente aquí corroboro lo que ya intuía antes de partir y por lo que me sentí ciertamente aliviada de estar lejos. Esto es que, muchas de las personas que están a nuestro alrededor (en su gran mayoría) al menos en este mi entorno, se han empobrecido economicamente año con año y solo a diferente velocidad dependiendo del dinero que hubieran hecho en el pasado. Esto se debe a muchos factores que no trataré de analizar por no tener los conocimientos que antes dije no tener. Pero como simple ciudadana, veo que además de esta gran mayoría, hay una minoría que enriquece desmedidamente y en la mayoría de los casos, no son personas que se distingan por cualidades extraordinarias, pero que en mi sociedad (en casi todas aunque de diferente forma) lo consiguen por contactos basicamente gubernamentales. Estos individuos siempre serán admiradas porque: "Poderoso Sr. Don Dinero, que al pasar, no importando su origen, todo el mundo se quita el sombrero"

Tengo historias a mi alrededor de todo tipo y solo mencionare una que otra para ilustrar y hacerme entender.
Al ser tan admirado, venerado y caravaneado todo aquel que parece (o es real) tener mucho dinero porque su vida, su coche, su casa, sus negocios aparentan éxito y dinero, no se cuestionan como ha logrado todo esto.
¿Porque familias (como la nuestra) con negocios dentro de "lo aceptable por la ley", trabajando mucho, dando empleo a cientos de personas y fabricando artículos de alta tecnología, no acumulamos riquezas desmedidas, como lo hacen estos últimos?
Pues relacionándose "muy bien" con quien deben y haciendo cualquier tipo de tejemanejes que en mi país la "NO LEY", para estos individuos bien relacionados, sin muchos escrúpulos o ninguno, permite.
Pero cuando aquellas personas como mi familia y yo, nos preguntamos o les preguntamos a alguna persona cercana a este tipo de individuos o a ellos mismos, contestan solo con medias verdades, o razonamientos difíciles de creer para cualquier persona medianamente inteligente que no quiere cerrar sus ojos ante la evidencia.

No voy a platicar ningún evento en especial que me ha tocado presenciar (hoy en día de todo tipo, porque trato más gente que nunca), pero sí los dejo con la reflexión que yo seguiré analizando. Entre las personas que tienes a tu alrededor, si alguna está haciendo dinero desmedidamente y no ha inventado algo, puesto un negocio establecido en el que es obvio que es exitoso, ¿de dónde viene todo ese dinero?

Ya he tenido que presenciar en estos casi tres años, varios incidentes de fraudes, robos y hasta sospechas de personas que conozco, que están coludidos con negocios que pudieran estar relacionados con mafiosos. Ya definí lo que son mafiosos y quienes son hoy en día estos.
Desde luego que mucho influye el neoliberalismo que premia hoy más la especulación de todo tipo (aquí entran también personas que encuentran un modo de vida, vendiendo o intermediando supuestamente ayudando a aquellos que necesitan deshacerse de algún bien y cobran comisiones desmedidas además de malbaratar o aprovecharse de la situación económica del país, mundial o individual) y que no hay ley que pueda impedir estos abusos.

Analicémoslo y no lo encubramos, es lo menos que podemos hacer por mejorar nuestra sociedad.
En lugar de perder el tiempo y desgastarse aquellos conservadores (en México demasiados por cuestiones de ignorancia y mucha religiosidad), en si está bien o mal que las parejas gay se casen, adopten hijos, etc. viviendo esta doble moralidad que el ser humano aplica siempre y más en un país conservador y altamente católico.
Porque cuando se trata de sacar los trapitos sucios de los curas pedófilos, todavía salen a su defensa una cantidad de personas, que a mí me horroriza?. Decía Margarite Duras: "Donde todos piensan igual, nadie piensa mucho". Pier Paolo Pasolini decía: "Lo más difícil de abrir, es una mente cerrada".

El pasado nos condiciona para tratar de pertenecer a algo, religión, nacionalidad, grupos de gente, etc. y eso nos impide ver con claridad y aceptar que las cosas no son como nos las pintan.
Para terminar esto, solo agregaré que lo más dañino que hoy tiene nuestro país, es LA PRENSA en general, porque son unos mercenarios y deberíamos apagar los televisores que son lo peor de esta la prensa, pues ya sabemos quiénes y cómo se manejan los medios de comunicación y los empresarios corruptos y despiadados que se encuentran detrás de todo esto.
Para terminar, solo hay que ver lo que acaba de suceder a Carmen Aristegui que es una de las pocas periodistas que sigue tratando de hacer periodismo libre (sin censura) aun en contra del poder también vendido al gran capital dentro de las comunicaciones.

Sanuk

miércoles, abril 08, 2009

EL MEDITADOR DE LA CIA 3a. y última Parte

La primera hora de meditación, antes de la salida del sol, era la más hermosa. Un viento fresco, cargado de aromas, soplaba desde el valle, atravesaba la terraza, rozaba aquellas masas triangulares e inmóviles de gente envuelta en mantas y desaparecía en el bosque de la colina, tan oscuro todavía. La presencia de John, envuelto como estaba en aquella manta blanca que le cubría la mitad del rostro era alentadora. A sus pies, el general era la prueba de que meditar era posible: permanecía inmóvil, pero de algún modo estaba muy lejos de nosotros. Yo, sentado, observaba detenidamente aquella muda escena de paz antes de cerrar mis ojos. Me parecía que el grupo liberaba una gran cantidad de energía, y que el esfuerzo común elevaba el esfuerzo de cada uno.

La mañana del octavo día conseguí elevar el mío. Las piernas me dolían mucho, estaba a punto de volver a rendirme, pero de repente mi sufrimiento se apaciguó, el dolor dejó de darme miedo, empezó a disolverse y desapareció. Lo había logrado. Mi mente ya no era un mono que saltaba de rama en rama. Fue un placer enorme. Después, oí las palabras de John: . Incluso el placer de haber domado la mente, de haber dominado el dolor, era pasajero: era aniicia, y dejé que se fuese. Regresé al punto en el que la respiración toca la piel y me pareció verme desdoblado: la mente, fuera de mí, miraba al cuerpo, y este se había reducido a un esqueleto insensible a través del que sentía y veía soplar la brisa del alba. Una sensación que nunca antes había experimentado. Oí la voz de John pronunciando su amen y el gong anunciando el desayuno, pero permanecí inmóvil, como si hubiese perdido parte de mi pesada humanidad.

Las horas que siguieron no fueron tan excepcionales, pero el tiempo pasaba sin que esperase su final con impaciencia. Meditar ya no era una prueba de resistencia contra reloj, como estar bajo el agua hasta que se siente que los pulmones estallan. Meditar se había convertido en lo que debía ser: un ejercicio de concentración. Tuve la impresión de algo, como a nadar o a leer. Ahora me tocaba a mí. Había puesto riendas a esa bestia que era mi mente: ahora se trataba de decidir hacia donde cabalgar.

Usé la pausa del mediodía par ir a meditar sobre la cascada. Después del anapanaa, entré en la piel, me perdí en una célula y se me abrió el vacío. Vinieron a mi encuentro imágenes doradas de rostros conocidos: mi madre, mi padre.....Después llegaron rostros desconocidos; después, bellísimos colores. ¡Lo había logrado!

De nuevo tuve fortísimos calambres y no pocas dificultades, pero ya sabía que eran pasajeros y que era capaz de regresar a aquella puerta y de atravesarla. Había entendido especialmente la grandeza de John y de su método: alcanzar la idea de no permanencia, alcanzar la conciencia de aniiccia, usando el dolor que provoca la inmovilidad. Una vez aceptado que aquel dolor era tan pasajero como todo el resto, el gran paso estaba dado.

Aquella experiencia me reafirmó en mi hipótesis: la fe exclusiva en la ciencia nos había restado a los occidentales un interesante bagaje de conocimiento. Al enfilar la autopista del saber científico, habíamos olvidado el resto de los senderos que, en otro tiempo, también nosotros conocimos. Tenía la prueba: el dolor no es solo un fenómeno físico controlable mediante una pastilla. Se puede llegar al mismo resultado adiestrando la mente.

¿Era esa la respuesta a la pregunta de Leopold? ¿Era posible que haber aprendido a usar la mente fuese algo que guardar en la maleta y llevar conmigo, de modo que al volver a Europa tuviese algo más que explicar que un puñado de viejas historias de marinos?

La ultima hora de meditación se dedicó a la práctica de la La idea era que, al finalizar el curso y ya con la mente calmada y purificada, todos compartiésemos los méritos adquiridos con la práctica. Era un himno al amor, y John lo concluyó leyendo la magnifica carta de San Pablo a los Corintios: . Y nada es lo que han añadido veinte siglos de pensamiento.

Después se recitó una larga lista de personas, a las que dedicamos nuestro agradecimiento y parte de los por haber contribuido al curso. Entre ellas se hallaba la propietaria de uno de los massage-parlours más famosos de Bangkok, quien habría proporcionado todas nuestras comidas vegetarianas. ¡Así es Tailandia!

Fuimos al fin liberados de los votos y del compromiso de guardar el Noble Silencio. Durante la noche se celebraría una cena ---- no vegetariana y regada con buen vino ---- para celebrar el final de nuestro retiro y para que los participantes pudiésemos hablar y conocernos. ¡No era lo que yo deseaba! Cogí mi mochila y me fui de allí.


La casa de Dan Reid estaba a media hora de automóvil de Pongyang; llegué a la caída del sol. Era una casa magnifica: construida completamente en madera según en el viejo estilo tailandés, estaba junto a la orilla de un río y disponía de una enorme terraza sobre el agua. Dan, que estudió chino en Berkeley, vivió quince años en Taiwán y aprendió Tai Ji chuan y Kung Fu, conoce y practica diversas religiones, del taoísmo al lamaísmo. Dan también es alguien que busca. Esta convencido de que en el pasado chino y tibetano existió una sabiduría hoy perdida, y utiliza su gran conocimiento de la lengua como llave para abrir esa caja fuerte olvidada. Ha escrito libros sobre métodos taoístas para mantenerse sanos, longevos y sexualmente activos. Yuki, su esposa, se ocupa de ciencias ocultas chinas y es, al igual que Dan, una gran experta en meditación.

Cenamos a base de tres distintos tipos de arroz y de minúsculos calamares. Eran los primeros que veía en mi plato, y me causaron cierta aversión.

Hablamos de gemas y piedras que, llevadas encima, sirven para atraer energía y alejar los peligros. Yuki dijo que creía en la desmaterialización de ciertos objetos. Explicó que, cuando era niña, una mujer le dobló los huesos de la mano para que entraran por la fuerza dos brazaletes de oro que quedaron en su brazo. Un día, al despertar, comprobó que uno de aquellos brazaletes había desaparecido. Era imposible que lo hubiese perdido. Lo buscaron por todas partes, pero no lograron encontrarlo. La única explicación posible fue que se había desmaterializado. Se había convertido en energía. Yuki dijo que las viejas historias chinas están plagadas de sucesos de ese tipo.

Dan estaba escribiendo un libro de cocina china, y nos habló de una tarde que pasó en un nuevo restaurante de Cantón, muy especial. Las mesas estaban dispuestas en tres niveles alrededor de una enorme jaula de hierro, en cuyo interior se exhibían varios animales cuyo destino era servir de alimento: perros, serpientes, monos, osos y otras . Uno de los monos no tenía manos, porque su cliente sólo quiso comerse las palmas. Una vez cauterizada la herida con hierro al rojo vivo, el desdichado volvió a la jaula y allí esperaba, entre gritos de dolor, a que un cliente le quisiera comer su cerebro en vivo. Los cocineros de blanco uniforme entraban y salían de las jaulas con los trozos que pedían los clientes y las pobres bestias, que ya habían entendido la suerte que les esperaba, se ponían a gritar como posesos cada vez que alguien vestido de blanco se les acercaba, aunque sólo fuese para ir al baño.

---- En la próxima vida ---- dije yo ----, en aquel restaurante los monos serán cocineros y los cocineros, simios.

---- Fíjate, fíjate ---- rebatió dan ----. Sigues siendo occidental y cristiano. Tienes la necesidad de creer que hay justicia en alguna parte. Para un budista, en cambio, no es así. ---- Tuve que admitir que los diez días de meditación no me habían quitado el deseo de ajustar cuentas con los .

Dormí en la terraza a pierna suelta. Me desperté a las cinco sin necesidad de gong, fui a poner tres varitas de incienso en la sala de los Budas y medité frente al río durante más de una hora.

Me sentía muy bien, fuerte y purificado. Aquellos diez días de silencio, abstinencia y esfuerzos me habían renovado profundamente. Era el 23 de enero y, según el calendario chino, aún faltaban dos semanas para que acabase 1993 y, con él, mi año sin tomar aviones Pero sentí un gran deseo de reafirmarme como florentino, de volver a tener mi destino en las manos y de desafiar aquella prohibición con la que llevaba conviviendo trece meses.

Durante el desayuno anuncié que volvería a Bangkok en avión.
---- Tienes razón ---- dijo Yuki ----. Hoy es un día extremadamente propicio para ti. ---- Al levantarse, Yuki fue a meditar en la sala de los Budas y vio mis varitas de incienso. Leyó mi futuro en el modo en que cayeron las cenizas ----. No hay ningún problema. De verdad: ningún problema ---- siguió diciendo. Y me causó un gran placer. ¿Significaba eso que creía en los mensajes de la ceniza? ¡Y porqué no!

Era domingo y, sin haber hecho reserva, no fue fácil encontrar plaza en los vuelos Chiang Mai- Bangkok. Esperé horas y horas en el aeropuerto. Después me llamaron para el vuelo TG 119. ¿Un buen numero? me pregunté, como si lo hiciese siguiendo una vieja costumbre.

Todo se desarrolló con absoluta normalidad: la musiquilla, los cinturones de seguridad, el despegue, el anonimato de los pasajeros..... Cerré los ojos, me concentré en el punto en el que mi respiración toca la piel y seguí conociendo la niiccia hasta que noté como las ruedas pisaban la pista del aeropuerto de Bangkok.

Recordé algo que dijo el general en uno de los Discursos del atardecer: si uno muere meditando y la mente esta quieta en el ultimo instante, la reencarnación tendrá lugar en un lugar de gran paz y tranquilidad.
Esa ocasión me la perdí.



Sanuk


sábado, abril 04, 2009

EL MEDITADOR DE LA CIA 2a. Parte

Observaba meditar a John en su tarima, apenas por encima de mí, envuelto en una manta blanca e inmóvil como una estatua de yeso. Se veía relajado y concentrado; su frente estaba laxa y sus labios dibujaban una ligerísima sonrisa que casi me parecía burlona, como si con sus ojos cerrados pudiese ver algo que a mi me era negado, como si con aquellas grandes orejas de lóbulos anchos oyese algo más que el silencio de la naturaleza. John había dado aquel primer paso. No sé hacia qué , pero desde luego si hacía una que provocaba una calma que flotaba a su alrededor como un halo.
¡Extraña historia, la suya! Había nacido en Pensilvania en 1930, hijo de una humilde familia de mineros. Empezó a trabajar como mecánico y después como fotógrafo. Mientras cumplía el servicio militar, fue destinado a Japón: el proceso contra los criminales de guerra en Tokio tocaba a su fin, y John fue enviado para fotografiar a los imputados mientras les eran leídas sus sentencias de muerte. Una vez licenciado, regresó a los Estados Unidos, estudió en la universidad y logró ingresar en la CIA. Allí fue adiestrado en una tarea muy particular: abrir y cerrar todo tipo de cerraduras sin que nadie lo advirtiese. Las de una casa, de una oficina, de una embajada o incluso de una caja fuerte. Sus misiones consistían en llegar a una ciudad, estudiar durante semanas un edificio para poder entrar en él, fotocopiar documentos y regresar a casa. En 1950 fue enviado a Trieste y, después, a Roma. Llegó a Tailandia en 1954, para adiestrar a la policía fronteriza. Allí quedo impresionado por el budismo y empezó a meditar. Pasaron algunos años; en la CIA creyeron que su agente se había vuelto loco, de modo que le concedieron una pensión de invalidez por . Mientras tanto, John dirigió el Oriental Hotel de Bangkok durante un tiempo, después se casó, tuvo dos hijos y siguió meditando hasta convertir la meditación en su nueva misión.
En el tercer Discurso del atardecer sobre el Dharma, (un lenguaje que me revolvía el estomago), John dijo que la gran contribución de Buda fue la de haber entendido que la esencia del mundo esta en su inestabilidad, en su falta de permanencia o niiccia. De ahí viene todo el sufrimiento. La única vía para salir del dolor consiste en tomar conciencia de esa aniiccia.
Y así, pasados tres días de anapanaa, de concentración en el punto inmediatamente bajo la nariz donde la respiración toca la piel para tomar conciencia de las sensaciones de contacto, de calor y de movimiento del aire, pasamos a la autentica meditación: la vippasanaa o meditación interna. Ahora se trataba de dirigir aquella , a la contemplación del propio cuerpo.
Teníamos que empezar fijando toda la mente en aquel punto bajo la nariz, para después moverla hacia arriba, hacia el centro de la cabeza ---- entendí porque muchas estatuas de Buda tienen una llama en ese punto ----; y entonces, desde el punto más alto del cuerpo, muy lentamente y sin perder el control, debíamos trasladar la mente a la piel y debajo de ella, al cráneo y al interior del cerebro, a los ojos y a la nariz, y descender despacio hacia el interior del pecho (a los pulmones, el corazón, las venas, los huesos, el estomago) y aun más abajo, hacia las piernas y los dedos de los pies. Y no debíamos pensar en ninguna otra cosa, sino que nuestra mente debía ser como una linterna apuntando en la oscuridad de una caverna, debía tomar conciencia de cada sensación y darse cuenta de como todas ellas son transitorias; de como el dolor, el placer, la caricia del viento o un sonido, son siempre transitorios. Seguid conociendo la aniiccia.... La Aniiccia lo es todo>, repetía John con voz lenta y profunda. Conocer la aniiccia. Una hora tras otra, un día tras otro. Sin intercambiar una palabra con nadie y siempre conscientes de cada gesto, de cada paso al caminar, de cada bocado al comer, aunque estuviésemos fuera de la meditación. Podíamos sentir como cada sorbo de agua descendía hacia nuestro estomago, hasta posarse en él.
Alternándose en la tarima con el general, John empezaba sus horas de meditación con una plegaria que esperaba con placer:

Que todos los seres puedan liberarse
de la ignorancia, de los deseos, de las aversiones.
Que todos los seres puedan liberarse
del sufrimiento, del dolor, de los conflictos.
Que todos los seres puedan llenarse de infinita
gentileza amorosa y ecuanimidad.
Que todos los seres puedan alcanzar
la total iluminación>.

Y yo esperaba su amén aun con mayor placer, porque con él llegaba el final de la tortura. No hacía ningún progreso. Con grandes esfuerzos y dolores, conseguía estar más quieto que al principio, pero no estaba allí para eso. Mi objetivo era aprender a meditar, pero mis logros equivalían a cero. Me sucedía exactamente lo que un famoso monje muy versado en la meditación le dijera a John años atrás: .
A medida que pasaban los días, John me resultaba cada vez más y más convincente. No había en el nada de falso o presuntuoso. Era un hombre simple que creía haber descubierto una gran verdad. Era un laico que hacía un ejercicio no necesariamente religioso, pero si espiritual.
Cada vez que entraba o salía de la terraza de meditación, se volvía al Buda para saludarle con las manos unidas a la altura del pecho: simplemente, un gesto de agradecimiento y de respeto por haberle indicado el camino del Dharma. No había en el la menor traza de esa religiosidad chabacana de tantos otros convertidos.
¿Se trataba acaso de la que, según el joven adivino de Kentung, debía encontrar? Los hechos parecían coincidir perfectamente con la profecía; pero cuando John nos explicó en su discurso del atardecer que en sus inicios en Tailandia nadie quería enseñarle a meditar, hasta que finalmente encontró en Rangún a su gran maestro, noté un ligero escalofrío. , dijo. ¡Si! ¡Era el mismo nombre! , me había dicho el joven de Kengtung, . ¡Lo estaba siguiendo!
U Ba Khin era birmano. Nacido en 1899, entró en la administración colonial inglesa e hizo carrera en ella. Cuando en 1948 la Unión Birmana alcanzó la independencia, fue nombrado director general del Ministerio de Economía, Devoto budista, mostró interés por la meditación desde su juventud, y decidió poner al alcance de los laicos esa práctica espiritual que los bonzos habían monopolizado durante siglos. O se hacía monje, o era imposible meditar.
U Ba Khin empezó impartiendo cursos a sus empleados en el ministerio; después, en 1952, fundó en Rangún el Centro Internacional de Meditación. Cuando murió en 1971, la meditación se había convertido en un ejercicio espiritual accesible a cualquiera, como había sido dos mil quinientos años atrás, en los tiempos de Buda. Su método consistía en concentrar todos los esfuerzos en un curso de apenas diez días, de manera que el laico pudiese volver a su vida normal con la capacidad de meditar por su cuenta.
Según una de las anécdotas que John explicaba para amenizar sus Discursos del atardecer, el primer discípulo de U Ba Khin fue un jefe de estación. Viajando como inspector ferroviario por una remota zona de Birmania, U Ba Khin fue en su búsqueda acompañado por el responsable de la única estación de la zona. Cuando llegaron, una monja les dijo que el maestro estaba muy ocupado y que no recibía a nadie. , dijo U Ba Khin. En lo alto de un largo poste se alzaba una especie de cabaña-nido de hojas de bambú, en la que el monje llevaba varios días encerrado, meditando. Se abrió una portezuela, salió una nube de moscas y, después, U Ba khin vió como se asomaba la cabeza del arahant.
---- ¿Que buscas? ------pregunto simplemente el monje.
---- El Nirvana ---- respondió U Ba Khin.
---- ¿Y como crees que lo alcanzarás?
---- Entendiendo la aniiccia.
---- Muy bien. Entonces, enseña a los demás ---- dijo el arahant. Y, tras cerrar la portezuela, volvió a su meditación.
U Ba Khin ordenó al jefe de estación que adoptase la posición del loto y le pidió que espirase concentrando su atención en el punto en el que la respiración toca la piel.
El haber puesto la meditación al alcance de todos dio nueva vida a su práctica y facilitó su difusión en Occidente. John fue uno de los primeros discípulos de U Ba Khin, y el propio maestro le autorizó a enseñar en Europa.
---- Entonces, maestro, tú que conoces Occidente, no te ofenderás ---- le dije aprovechando el único momento en el que, llamado a su bungaló para referirle mis progresos en la meditación, estuve autorizado a romper mi Noble Silencio ----, no te ofenderás si te digo que en todos estos días no he logrado meditar ni un sólo minuto; que, en lugar de concentrarme en mi nariz, mi mente ha hecho de todo: desde pintar mi casa de campo hasta un proyecto para ampliar mi biblioteca. En lugar de pensar en la respiración, he pensado en cosas que debo escribir y en lo absurdo que me resulta estar aquí; cuando tu dices que pensemos en la , pienso en apretar la tuya, porque me obligas a esta tortura; cuando dices , pienso en las que hay bajo las faldas de todas las tailandesas que hay a mi alrededor. ¡Incluso en las de esa vieja y fea de la última fila!
John rió divertido.
---- No desesperes ---- dijo ----. Todo eso de lo que me hablas es pasajero. Terminará. Es posible que tu mente lleve siglos sin estar bajo control. ¿Y tú quieres domarla de buenas a primeras? ¿En pocos días? Espera. Insiste. Continúa conociendo la aniiccia.
La idea de que mi mente no se hubiese ejercitado me hizo reír. Pero, ¿quien sabe? Podía ser cierto.
Desde siempre, lo que más me ha gustado del budismo es su tolerancia, la ausencia de pecado, la falta de ese peso sordo que nosotros los occidentales, en cambio, llevamos siempre detrás y que, en el fondo, constituye la cola de nuestra civilización: el sentimiento de culpa. No hay nada en los países budistas que sea terriblemente reprobable. Nadie te echa nada a la cara, nadie te sermonea o intenta darte una lección. Por eso, se trata de países agradables, en los que se sienten a gusto muchos jóvenes occidentales que viajan hasta ellos en busca de libertad.
El budismo te deja en paz: nunca te pide nada, y mucho menos que te conviertas al budismo. Una de las prohibiciones de los monjes budistas es la de enseñar su religión a quien no lo pida expresamente; otra ---- muy interesante ---- es la de no jactarse por sus progresos en la meditación. El budismo siempre te deja ser lo que tú quieras. Dice que no hay que matar, pero todos matan. ¿Y los asesinos? Es su problema. ¡Tendrán reencarnaciones malas! Ninguno intenta hacer justicia aquí y ahora. Al contrario: no nos corresponde a nosotros hacerla. Por eso, la caridad no es un deber moral. Al contrario: ayudar a los pobres les impide liberarse de su karma negativo; hacerse cargo de un leproso significa impedir su salvación a través del sufrimiento y privarle de un renacimiento positivo. ¿La casa del vecino arde? ¡Tendrá algo que ver con su vida anterior!
Más que una religión, el budismo es un modo de vivir; es una interpretación del mundo desde el punto de vista de una sociedad campesina que, al estar siempre muy cerca de la naturaleza, necesita explicarse su absoluta crueldad. En la naturaleza no hay justicia; en ella nunca se pasan cuentas. Entonces, ¿por que querer pasar cuentas entre los hombres, si estos también son parte de la naturaleza?
El budismo tampoco tiene aspiraciones de conquista, no es misionero ni va a la caza de almas. ¿Quieres ser budista? ¿Si? ¡Lograrlo es tu problema! Por eso, nunca se ha enseñado la meditación. Y no es casualidad que la difusión mundial que hoy vive el budismo ---- además de por el fenómeno tibetano ---- se deba principalmente a los convertidos occidentales que, al no haber perdido su instinto de cruzados, abren centros por doquier para difundir esta religión.
En el fondo, si se toma en serio y se lleva a sus últimas consecuencias, el budismo es la negación de la sociedad civil y, en consecuencia, del progreso. Si todo es transitorio, si no es posible huir de la ley de causa y efecto y la única salvación consiste en adquirir indiferencia por la vida, en meditar para escapar del terrible ciclo de nacimiento y muerte, entonces nada tiene importancia, todo es inútil, todo debería detenerse: una visión de gran pesimismo y de consecuencias nihilistas.
¿Que sociedad resultaría si sus miembros llevasen estas ideas a sus últimas consecuencias? Una sociedad auténticamente budista solo podría ser inmóvil e inactiva. Por supuesto, en la práctica no ha existido nunca una sociedad así, sino que todas han seguido existiendo gracias a una formula de extrema tolerancia: han dejado meditar a los monjes (por lo general, solo a los menos dotados, mientras que los más inteligentes se dedicaban a la doctrina) y han dejado que la gente manteniendo vivos los monasterios con sus donaciones. Los comunes mortales seguían viviendo según su naturaleza, mientras que los bonzos servían con su ejemplo para recordar todas las virtudes que los demás no podían alcanzar. Así, se establecía un equilibrio y la sociedad avanzaba, olvidando el pesimismo.



Sanuk


sábado, marzo 28, 2009

EL MEDITADOR DE LA CIA

Quiero compartir con los lectores de mi blog (como he hecho en otras ocasiones), algo que escribió el magnífico periodista y escritor Italiano Tiziano Terzani, sobre su experiencia Budista y meditativa.
De su libro que por cierto recomiendo mucho leer, "Un Adivino me dijo", viene este capitulo que me pareció que interesará a aquellas personas que como yo, seguimos buscando, leyendo y experimentando esto de la meditación.





Por el tamaño de lo escrito, hemos decidido publicarlo en tres partes. Aquí va la primera.

EL MEDITADOR DE LA CIA

Y así....., yo también fui capaz. Tan quieto como una piedra, sentado en el suelo con las piernas cruzadas y las manos a la altura del ombligo, una sobre otra, con las palmas vueltas hacia arriba; la espalda recta, los hombros relajados, los ojos cerrados......
Pensaba solo en la punta de mi nariz, buscando ese instante en el que la respiración, lenta y ligera, entra y sale hasta que toca un preciso punto de la piel. Así, una hora tras otra. Un día tras otro: sin pronunciar palabra, comiendo vegetariano ---- la última comida, antes del mediodía ----, traerme, intentando ser consciente de cada gesto, de cada pensamiento, de cada sensación.
La meditación: había pasado media vida en Asia y nunca me había interesado en practicarla. Oía hablar de gente que lo hacía, que acudía a cursos, pero me parecía algo que nada tenia que ver conmigo: cosas para desorientados, una respuesta evasiva a los problemas del mundo. Resulta increíble, pero así es. Había visitado decenas de templos en China, en Japón, en el Tíbet, en Corea, en Tailandia o en Indochina; había pasado días y días en monasterios budistas, pero nunca me había planteado el tema de la meditación. ¿Para que sirve? ¿Como se practica? ¿Cual es su sentido?
Había acumulado diversos Budas y convivido con ellos ---- uno birmano, de bronce, presidió silenciosamente mi biblioteca durante más de veinte años-----pero lo hice solo atraído por la belleza plástica de las estatuas. Nunca me había preguntado que hacían allí, sentados en la posición de loto, con aquella sonrisa magnánima, los ojos semicerrados, una mano sobre la rodilla y la otra tocando el suelo. De verdad que nunca me lo había preguntado, como alguien que no se haya preguntado nunca por el sentido de ese Cristo crucificado que tiene sobre su cama desde que nació.
Pero la vida es un continuo desaprovechar. ¡Con cuanta buena gente tropezamos sin darnos cuenta de ello, y cuantas cosas buenas nos pasan desapercibidas por el camino que hacemos cada día, de vuelta a casa! Pero siempre encontramos la ocasión precisa: por alguna especie de azar alguien te detiene y te hace prestar atención a esto o a aquello. El camino que me había llevado al retiro de Pongyang fue un autentico laberinto, pero al final, en parte atendiendo a los consejos de los adivinos ---- ¡Medita!, me dijeron muchos de ellos ---- y en parte siguiendo los guijarros blancos diseminados por Karma Chang Choub, decidí hacer caso a Leopold. Después de haberme hablado de su maestro en tantas ocasiones, Leopold me dijo en noviembre que John Coleman vendría a Tailandia para celebrar uno de sus famosos cursos y me recomendó inscribirme en el.
---- Debes entender la meditación ---- decía ----, de otro modo, ¿que has estado haciendo todos estos años en Asia?
La idea de aprender a meditar gracias a un americano ex agente de la CIA me pareció extraña, pero es bien cierto ---- como Leopold decía ---- que a veces se necesita a un mediador occidental para llegar a entender ciertas cosas de Oriente.
El retiro se hallaba en Pongyang, en el Norte de Tailandia. Se trataba de una serie de bungaloes de madera y techo de paja, esparcidos en el lado de un valle estrecho y verdísimo entre gigantescos arbustos de bambú, manchas de flores y poblados bosquecillos; en el otro lado del valle se alzaba la vieja jungla, con sus árboles de enormes y espumosas copas. El pabellón de meditación era una terraza de madera, escasamente alejada de una cascada de aguas espumosas. Después, el torrente formaba un pequeño lago rodeado de flores rojas y naranjas.
La jornada empezaba antes de la salida del sol con el sonar de un gong que, desde la terraza, retumbaba gentil pero severo por todo el valle, haciendo que muy pronto apareciese la treintena de linternas de los participantes que, como luciérnagas en la oscuridad, remontábamos la colina. Después, cada uno ocupaba un puesto sobre su cojín cuadrado y meditaba durante una hora encarado a una tarima baja situada junto a un pequeño altar con un Buda y algunas flores, sobre la que meditaba el . Seguían el desayuno, dos horas de meditación guiada con un intervalo de quince minutos, el almuerzo ---- vegetariano ---- a las once, dos horas de reposo y, después, de nuevo dos horas de meditación. Al atardecer recibíamos una lección sobre el Dharma, la vía de Buda. El gong marcaba el ritmo de las horas. Sonaba por última vez, lento y caluroso, a las nueve: la hora de acostarse.
Necesite doce horas de tren y una de automóvil para llegar a Pongyang, pero estuve a punto de irme en el preciso instante en que llegué. Cuando lo hice, el resto de participantes ya estaba allí. Se trataba en su mayoría de mujeres de mediana edad: ninguna era hermosa, ninguna era amada, pero todas eran inteligentes y aun sentían curiosidad, de manera que ninguna aceptaba los mediocres roles que la sociedad les asignaba y, por ello, todas se hallaban en plena crisis vital. Eran el mismo tipo de mujeres que había encontrado en mis visitas a adivinos a lo largo del año. Las tailandesas eran las más ricas, mientras que las extranjeras se habían curtido en otras meditaciones ----algunas de ellas, como ocurre con todos los convertidos, eran fanáticas budistas ----. En cuanto a los hombres, no había ni uno solo interesante. Un suizo decía estar allí porque la salud era su ; otro, un pintor canadiense, porque la meditación le ayudaba a pintar mejor. Y yo, ¿que hacía allí? Me sentía como el paciente que, en la crujía de un manicomio, intenta convencerse de que esta allí por error, o de que no se encuentra en condiciones tan graves como las de sus vecinos.
Además de eso, los ---- John Coleman tenia un asistente y traductor tailandés ---- formaban una insólita pareja. Coleman, un hombretón grande y pesado, juvenil y simple, no tenía en absoluto ese aire ascético y santo que me esperaba en un meditador. Su asistente ---- de unos sesenta años, flaco, tieso y elegante, con sus cabellos blancos cortados al cero como un marine ---- parecía exactamente lo que era: un general de la policía.
John y el general se conocieron en Bangkok a principios de los años cincuenta. Y fue precisamente este último ----entonces un joven capitán-----, quien introdujo a John ---- en aquel tiempo, un joven agente secreto norteamericano con la cobertura de businessman ---- en la senda de la meditación. Con los años, el capitán hizo carrera: fue aide de camp del rey y se había jubilado recientemente con la fama de haber sido uno de los jefes de policía más honestos que jamás haya tenido Tailandia. Devoto budista, había practicado la meditación durante más de cuarenta años, y ahora se tomaba como un autentico deber el enseñar a los demás.
Vencí mi arrogancia y decidí quedarme. Los primeros días fueron muy duros. La posición del loto me parecía muy cómoda apenas me sentaba, pero después de un cuarto de hora se hacía insoportable y, después de media hora, se convertía en una autentica tortura: mis rodillas parecían llenarse de alfileres, la espalda era un puro calambre y el deseo de moverme se hacía fortísimo. No conseguía ni siquiera por un instante. En lugar de concentrarse en el punto en que la respiración toca la piel, mi mente se convertía en , como John nos había advertido que podía suceder, y era del todo incapaz de crear .
---- Piensa solo en ese punto, siente solo la sensación de tu respiración tocando la piel. Piensa solo en ese punto..... ---- decía muy despacio John, sentado en su tarima como un enorme Buda de cera ----. En el instante en que la respiración toca la superficie de la piel, los tejidos nerviosos responden con una sensación, con la experiencia del tacto.... Sé consciente de esa sensación.... Sé consciente de la respiración que entra, que sale.... y los fuegos de la avaricia, del odio, de la ignorancia, del deseo, de la aversión, se extinguirán, y la mente quedara en calma, serena, libre del miedo y de la angustia....
Yo tenia los pies debajo de las rodillas, los ojos cerrados, las manos quietas, pero cuando no se fijaba en el dolor de las piernas o en mis ganas de levantarme y gritar, mi cabeza iba en todas direcciones: huía sin que pudiese retenerla. No la dominaba: no era mía. Inútil. El dolor se hacía insoportable y, antes de que John anunciase el final de la hora (interrumpiendo el silencio con su amen particular: ), yo cedía, me movía, cambiaba de posición, abría los ojos.......y me sentía frustrado viendo como los demás continuaban con total serenidad.
Estuve a punto de irme en varias ocasiones. ¿Que sentido tenia permanecer con los ojos cerrados ante una naturaleza tan hermosa? ¿Que sentido tenia pensar en negarme todo pensamiento e imponerme artificialmente un dolor, si antes o después la vida entregaría a todos una dosis, incluyéndome a mi mismo?
Escuche los primeros sermones del atardecer irritado por su mensaje.
---- En la vida, todo es sufrimiento. Se nace provocando sufrimiento, se muere sufriendo. Se sufre por lo que se quiere, se sufre cuando se tiene por miedo a perderlo.... ----- decía John. Me fastidiaba oírle hablar de o de . La idea era que, tras pasar los primeros tres días pensando únicamente en ese punto donde la respiración toca la piel, la mente lograría calmarse. Tanto el ejercicio ---- llamado anapanaa ---- como su explicación me parecieron intelectualmente humillantes.

Sin embargo, no faltaban los placeres. Uno era el silencio. En la ceremonia de apertura, nos comprometimos de manera bastante formal a respetar los Cinco Preceptos durante la duración del curso: no matar (y esto valía para todo ser vivo, incluidos los mosquitos, por lo que en Pongyang no se usaban insecticidas), no mentir, no tomar lo que no fuese dado, no tener relaciones sexuales () y no tomar sustancias intoxicantes (este se refería a no beber café ni fumar). Además, nos comprometimos a no comer pasado el mediodía, a no llevar joyas, a no usar perfumes y a no dormir en una cama demasiado cómoda. También debíamos guardar el Noble Silencio (es decir, no molestar a los demás hablando o murmurando). Eso me resultó magnifico.
Durante los paseos entre una y otra meditación nos cruzábamos con los otros participantes, pero no era necesario entablar conversación: bastaba con un mudo ademán de la cabeza. En la mesa no había necesidad de decir cualquier cosa para llenar vacío, a veces insoportable, con banalidades aun más vacías. Cada uno estaba siempre a solas consigo mismo.
El silencio fue un gran descubrimiento porque, sin las palabras de los demás, me di cuenta de que la grandiosa belleza de la naturaleza está en su silencio. Miraba las estrellas y notaba su silencio; la luna no hacía ningún ruido y el sol salía y se ocultaba sin ni siquiera un murmullo. Incluso el fragor de la cascada, los gritos de las aves o el soplar del viento entre las frondas de los árboles, me parecían parte de un extraordinario, animado, cósmico silencio del que gozaba y en el que hallaba la paz.
Me pareció que el del silencio era un derecho natural que nos han quitado. Pensé horrorizado en cuanta vida se nos va aplastada por la cacofonía que nos hemos inventado con la ilusión de que nos cause placer o nos haga compañía. Todos deberíamos reafirmar este derecho al silencio de vez en cuando, y concedernos una pausa: una pausa de varios días de silencio para escucharnos a nosotros mismos, para reflexionar y recuperar un poco de higiene.
Otro placer venía del esfuerzo. Con el paso de los días, el haberse comprometido a respetar las prohibiciones adquiría cada vez más valor, y el mantener ese compromiso nos daba la sensación de obtener una fuerza. John decía que aquel esfuerzo servía para necesaria para alcanzar el estado de meditación. Y era cierto que, lentamente, el hecho de realizar un esfuerzo nos hacía merecedores de alguna recompensa. , repetían John y el general, dándonos a entender que, a fuerza de concentrarnos en aquel punto donde la respiración toca la piel, tomaríamos el control de nuestra mente y, con ello, nos abriríamos nuevos horizontes.
Aquella era la verdadera razón de que yo estuviese allí. Durante todo aquel año pasado entre adivinos, de alguna manera había terminado por encontrarme frente a la palabra y quedar fascinado por la posibilidad de sus . Se me ocurrió pensar que el uso de la mente en Occidente se había ido limitando a causa de una serie de distintas razones, y que con ello se había perdido gran parte de su capacidad. Me interesaba descubrir aquella vía olvidada, si es que había existido realmente. ¿Podía atrofiarse la mente como cualquier otro órgano que no se aproveche en todo su potencial?
Pensaba en mí mismo. Desde hace años, corro algunos kilómetros cada mañana, hago gimnasia e intento ejercitar los músculos que me son más útiles. ¿Pero cuando me he ocupado de mi mente? ¿Cuando he hecho ejercicios para forzarla, para permitirle demostrar donde es capaz de llegar? La mente es uno de los instrumentos más sofisticados que tenemos a nuestra disposición, y ¡no la tratamos con el mismo cuidado que dedicamos a los músculos de las piernas! No la enseñamos a concentrarse, no la adiestramos en el desarrollo de ciertos poderes que algunos le han atribuido en el pasado.
Alexandra David Neel, la extraordinaria exploradora francesa del Himalaya durante la década de los treinta, hablo de lamas tibetanos capaces de desmaterializarse con la mente, y de otros capaces de comunicarse entre si a gran distancia. ¿Todo falso? Quizá no. Quizá hay algo en la mente humana que hemos perdido con el tiempo. La hipótesis de que en algún rincón del mundo todavía existan seres humanos capaces de usar la mente de ese modo, empujó a algunos europeos a recorrer Asia en su búsqueda. En 1924, un joven inglés llamado Paul Brunton recorrió la India en busca de yoguis, eremitas y faquires, intentando entender como pudieron alcanzar una a través de un ejercicio de la mente que según el, estaba haciendo desaparecer la modernización.
El primer paso de todas las distintas vías hacia aquella era la meditación. Así pues, era necesario entender su significado.

Continuará....

Sanuk


viernes, noviembre 07, 2008

La ciudad de Noche

Esto de dormir suena a ironía, porque en realidad una ciudad como esta nunca duerme, pero comparándola a otras ciudades del mundo, esta duerme más.
Esto lo digo porque pasando las nueve de la noche (soy testigo continuo porque vivo en pleno corazón de esta ciudad), en algunos puntos de avenidas tan importantes como Reforma, se vuelve casi fantasmal y ni mencionar colonias en especifico.
Me parece que se debe a todo lo que dicen que sucede en tantos sitios de esta ciudad, pero nosotros nos hemos topado con la grata sorpresa de sentirnos bastante seguros. Cada día un poco mas, porque cuando uno se encuentra lejos (como este año y medio en Bangkok), las malas noticias (que siempre son las mas vendidas y exportadas), suenan peor.

Hoy después del trágico accidente del avión que cayo en Pleno Reforma y Periférico, que mató a tantos inocentes que salían de sus trabajos o solo caminaban por allí y el destino los alcanzó, decidimos ir a comer a Polanco para después ver una película Libanesa.
Como esto de llevar coche a mi en especial cada día me da mas flojera (además de que nuestro hijo que se encuentra de visita con su novia Tailandesa y se lo llevaron), tomamos un taxi.
Como nos sobraban un par de horas entre la comida y la película, decidimos tomar un café sobre la Avenida Masaryk y disfrutar del espectáculo que es observar a la gente en su ir y venir diario. La prisa, los teléfonos, los ruidos que diferencian a las grandes ciudades como esta y que sin percibirlo nos van poniendo nerviosos.
Esta época que vivimos se ha vuelto un correr por lograr hacer lo mas que se pueda en las mas de 18 horas que mucha gente emplea para poder hacer todo. Porque la gente para poder hacer y divertirse caminan por la vida como sonámbulos.
Porque se corre tanto?, para evitar el meditar si lo que realmente hacemos nos conduce a lo que creemos que queremos?. Hoy mas que nunca me pregunto, como llegamos a esto?.

Mientras nosotros disfrutábamos de nuestro café y acaparaba yo la atención de mi marido con el relato de un libro que estoy leyendo y que me confirma lo que creo haber descubierto en Asia.
De repente empezamos a ver demasiadas personas caminando opuesto al lugar en el que se encuentra el cine al que iríamos. Demasiada gente hablaba al mismo tiempo por celulares, pero como cada día se incrementa mas la telefonitis ambulante, no nos sorprendió demasiado. Pero como al mismo tiempo, las sirenas de ambulancias, policías y de otros tipos, se hicieron mas frecuentes y sonoras y con esto el volar continuo de helicópteros también se incremento, fue que decidí preguntar a la gente.
Resulto que se rompió una tubería de gas mientras excavaban unas de estas obras que dan como resultado estos enormes edificios que cada día se acercan más al cielo, pero que a mi parecer se alejan más de lo que este representa espiritualmente hablando.

El gas se escapaba y comenzaron a evacuar calles, centros comerciales y lugares cercanos a la zona, para continuar abarcando algunos kilómetros.
Pero aun con las caras de susto que tenía la colonia judía que se aglomeraba en una esquina con niños y todo, nosotros después de comprobar que no seria peligroso, nos fuimos a ver nuestra película.
Al salir un taxista nos quiso cobrar una cantidad tan elevada por llevarnos, que decidimos caminar hasta nuestro departamento.
Como vivimos hasta el monumento a la Madre, fue muy interesante comprobar lo fantasmales que se quedan algunos puntos de Paseo de La Reforma.
Como nos decía la novia de mi hijo -----Por el trafico que se ve en esta ciudad, me parece que viven muchísimas personas, pero todas van en automóviles, casi no camina la gente----- Su comparación es con Bangkok obviamente, pues es una ciudad que aun en las madrugadas, no duerme. Se puede caminar a cualquier hora.

Disfrutamos la soledad de aceras, el ruido, humo de automóviles y autobuses. Los pocos que caminan, se apartan de ti cuando a la lejanía distinguían humanos.
Los que no se apartaron en absoluto, fueron los patos que pacíficamente descansaban sobre la fuente que tiene el parque del Reloj de Polanco. Pareciera que confiaran más en aquellos arriesgados que caminamos de noche, que en los muchos que transitan durante el día.
Después cuando pasamos a la altura del Auditorio Nacional, tuvimos la oportunidad de ver las fotografías y reproducciones que pusieron desde hace tanto tiempo de Leonora Carrington. Porque casi siempre hemos caminado del otro lado y en coche, solo se ve uno de los lados de estos atriles de hierro que muestran por ambos lados la obra y escenas de su vida.

A veces yo necesito de cierta adrenalina y disfruté muy en especial este día en el que todo parecía que terminaría en una catástrofe, pero afortunadamente no fue así y no hubo ninguna explosión.
Ya imagino a todas estas familias de la colonia Judía, dando gracias a Dios y durmiendo pacíficamente en sus departamentos sobre la calle de Homero y Horacio, cuando por todos los medios de comunicación se difundió la noticia de que el gas que se escapaba no era inflamable y que lo tenían todo controlado.
Hay que confiar en lo que oímos aun aquellos que sabemos la cantidad de mentiras que se dicen día a día por estos medios, pero hay que dormir y más, cuando tu ciudad también duerme.

Sanuk


viernes, octubre 19, 2007

¿Y a dónde vamos?

Algunos pensamientos de nuestro hijo Marcel bastante relacionados con las experiencias de meditación Vipassana de los ultimos meses:

Confucio dijo que “el viaje de mil kilómetros comienza con el primer paso”, a lo que hoy me pregunto si en verdad el más largo de los viajes no comenzará y terminará sin dar siquiera un paso. Al manejar la carretera México-Toluca me burlo a mis adentros ante el límite de velocidad: 80km/h. El velocímetro de un coche promedio marca como velocidad máxima unos 180 km/h. ¿Es esto rápido o lento? Después pienso, si acaso no importa la velocidad a la que viajo, sino hacia donde me dirijo. Claro, me dirijo al supermercado, pero y mi vida; ¿hacia donde me desplazo en el plano interno de mi existencia? Después miro a mí alrededor. Es conocimiento general que un jet viaja a unos 800km/h, una nave espacial a 28,000, y así, mientras el ser humano conquista la velocidad y sueña con viajar algún día a la velocidad de la luz (tal vez más rápido), ¿acaso sabemos adonde vamos? Esta pregunta no es novedosa, Henry Miller se lo cuestionó hace casi medio siglo, y los maestros Zen, hace tal vez más de dos milenios. También se lo preguntaron todos los grandes profetas; pensamiento que la mayoría abandonaron durante el transcurso de su proselitismo, al darse cuenta que para la mayor parte de la gente la distancia tangible resulta más interesante que la profundidad psíquica. Tal vez el conocimiento del mundo externo es menos peligroso que el del mundo interno. La respuesta es incierta. Lo que puedo decir con certeza es que vivimos en una sociedad obsesionada por conocer el mundo exterior, micro y macro. El microscopio electrónico es capaz de enfocar un solo átomo y el telescopio Hubble divisa las galaxias más lejanas. Mientras tanto, la respuesta a las preguntas existenciales se encuentra más cerca y a mayor disponibilidad de la gente. No es cuestión de un mayor entendimiento del cerebro humano, ni de vislumbrar el secreto de las sinapsis del cerebro. No se requiere una gran inversión monetaria ni destreza para manejar herramienta compleja. La pregunta es más abierta y más cercana a casa.

Entro a cualquier librería, y en el gran anaquel de “autoayuda” encuentro cientos o miles de libros con títulos de recetas de cocina escritos por psicólogos, padres de familia, sectarios, y demás “conocedores de los secretos del alma”, que junto a sus nombres llevan implícitamente escrito el nombre de marcas populares de chocolate casero. Al hojearlos me doy cuenta que los títulos y los nombres no están tan lejos del contenido de los mismos. Un escritor se preocupa por encontrar productos lácteos extraviados, otra se pregunta si tal vez la respuesta al misterio de la existencia humana se encuentra en una dieta saludable, vegetariana y orgánica. Entonces me río otra vez pensando si acaso estos escritores, bajos en calorías, nos creen tan limitados como para comparar nuestras máximas aspiraciones con una rebanada de queso gruyère. Más allá de los constructos superficiales me pregunto: ¿La solución de la vida se encuentra a siete pasos (volviéndome yo en el camino una persona altamente efectiva)? Como lo dije antes, tal vez se encuentre aquí mismo. Aquí y ahora, ¿porque el allá y el antes, acaso existen más allá del aquí y del ahora? Entonces sigue la pregunta: ¿Cómo plantear hoy cuestionamientos serios de la existencia y contenido psíquico profundo del ser humano sin sonar a dulces empalagosos ni a advertencias dietéticas?

Como respuesta a mi pregunta original surgen más y más preguntas, y ninguna respuesta. ¿Mirando el mundo desde la orilla del abismo existencial, es más peligroso saltar hacia lo desconocido y correr el peligro de caer eternamente o de estamparse contra un subsuelo duro y real, o dar media vuelta y correr despavorido en la dirección contraria? En mi caso, creo que la única solución es saltar hacia adentro, desdoblarme y regresar cual espiral inquisitiva al origen desde el cual partí. Sólo entonces, propongo, podemos aspirar a saber más acerca de lo que queremos. Es fácil para muchos afirmar que deseamos lo que queremos, pero ¿sabemos si en realidad queremos lo que deseamos? Tal vez para algunos la incertidumbre confortable resulte más fácil de aceptar que una certeza a veces dura, que acompaña al conocimiento de lo deseado. Sin embargo, consumimos grandes cantidades de energía psíquica en ese constante engaño, en la mentira de vivir una vida aceptable en vez de vivir una vida deseada. Propongo la necesidad de un viaje hacia adentro para zarpar hacia afuera. Propongo que tal vez al saber ver lo que nos constituye, lo que nos impele, esa espiral bidimensional inquisitiva pase a un plano tridimensional, convirtiéndose en el resorte que nos impulse hacia una vida externa más grata, una mayor visión del camino, y de ese viaje, el cual ahora sí podemos comenzar con un primer paso, porque conocemos nuestro deseo. Entonces, como una caminata dominical y a la vez como una aventura, recogemos ancla, izamos velas y navegamos viento en popa más allá de lo que divisamos en nuestro horizonte.

Marcel Ventosa